AFECTIVIDAD 1

 

IDENTIDAD PERSONAL

 

El proceso de convertirse en persona, es la tarea a la cual todos los seres humanos, hombres y mujeres, estamos enfrentados. Es en base a nuestras experiencias de vida que vamos forjando nuestra identidad personal, la que, en términos muy simples, se puede definir como “las ideas que tenemos acerca de cómo somos y cómo nos ve el mundo”.

 

En la construcción de nuestra identidad personal, podemos decir que es la adolescencia cuando surgen las primeras respuestas tentativas a la pregunta de ¿quién soy yo?, respuestas que vamos a estar revisando y actualizando por el resto de nuestras vidas. La identidad personal es un proceso que comienza a esbozarse en la infancia y se construye a lo largo de la vida.

 

En la infancia la actitud de nuestros padres y/o de los adultos significativos que nos rodean, juega un papel muy importante en cómo nos percibimos a nosotros mismos. Así, un niño que ha sido elogiado y estimulado y que siente el apoyo y aprobación de sus padres y otros adultos importantes para él/ella, va a tener mayores probabilidades de sentirse bien consigo mismo, de valorarse como persona y desarrollar confianza en su capacidad de tener éxito, que un niño(a) cuyo estilo de crianza se haya caracterizado por la crítica permanente y el castigo excesivo.

 

En el pasado, con mayor frecuencia que en la actualidad, la tendencia en la educación, tanto en la familia como en la escuela, solía acentuar más la corrección y castigo de lo negativo que el reforzamiento  y promoción de los aspectos positivos de los niños. Dichos aspectos positivos no se destacaban por cuanto se consideraba que, al realizar bien lo que se esperaba de ellos, el niño sólo cumplía con su deber. Si un niño ha estado sometido a este tipo de educación, lo más probable es que aprenda a ver sólo los aspectos negativos de su personalidad (los defectos) y no va a ser fácil que descubra sus aspectos positivos (sus virtudes) y desarrolle confianza en sí mismo. Lo cierto es que los seres humanos tenemos virtudes y defectos, y aprendemos a vernos y a conocernos a través de los ojos de nuestros padres en primera instancia, y luego a través de nuestra interacción con las personas que nos rodean. Es indudable que todos, o casi todos, podemos recordar alguna experiencia de castigo como forma de sanción por no haber cumplido alguna norma: sin embargo, el ideal es que el castigo y la crítica constante no hayan sido la nota predominante que marcó nuestra infancia .

 

En la actualidad, la investigación es psicología señala que los seres humanos necesitamos del elogio sincero, de sentirnos queridos y aceptados por los demás para facilitar el desarrollo de la confianza en nosotros mismos.

 

Los padres juegan un rol importante como los primeros modelos de personas que tenemos. En gran medida los seres humanos aprendemos a desempeñar los roles de hombre, mujer, de esposa y esposo, de padre y madre, que configuran aspectos de lo que será nuestra identidad como adultos, a través de las experiencias con nuestros propios padres. Ellos nos sirven de modelos: Los  niños aprenden muchas cosas por imitación y esto se ve muy claramente reflejado en los juegos infantiles, como, por ejemplo, jugar a ser el papá y la mamá.

 

En la infancia, por lo general, hay de parte de los niños una actitud de admiración hacia los padres; a los ojos de los hijos, los padres son “infalibles” y “perfectos”. Llegada la adolescencia, los padres adquieren para ellos características más humanas, y a veces, más que modelos, se convierten en “antimodelos”. Así, no es raro oír decir a un adolescente que está molesto: “cuando yo tenga hijos, nunca me voy a comportar como mi papá (mamá)”.

 

Sin embargo, con respecto a esto último, no debe pensarse que la época de la adolescencia tiene que ser necesariamente conflictiva e ingrata para padres e hijos: si bien un mayor nivel de conflictos entre ellos, sólo una minoría de las familias con adolescentes experimentan un mercado deterioro de las relaciones padres-hijos 3. Muchos de los conflictos que surgen tienen su raíz en el desafío adolescente de construir su identidad y lograr independencia. En esta etapa, la mayor parte de los conflictos con los padres se deben a la forma de vestir de los jóvenes, permisos, salidas y pololeos, notas escolares y manejo del tiempo libre. No obstante es importante tener presente que esos conflictos que surgen en esta etapa no deberían ser causa de deterioro del vínculo afectivo entre padres e hijos, si se mantiene una sana comunicación que permita resolver los problemas que se van presentando en la vida cotidiana: es decir, si los conflictos son bien abordados, pueden contribuir de manera positiva al desarrollo de una relación más madura y profunda entre padres e hijos.

 

Una estrategia que ayuda a resolver los conflictos que se presentan en la vida familiar, es que tanto padres como hijos desarrollen la habilidad de “ponerse en el lugar del otro”. Para los padres, es importante no olvidar sus experiencias de vida como hijos, cuando eran niños y adolescentes: ello  facilita el contacto con sus hijos. Asimismo, es importante que los adolescentes tengan acceso a conocer la vida de sus padres cuando ellos fueron niños y jóvenes, para que, comprendiendo su historia, lo entiendan mejor en su rol de padres. Para los hijos es importante conocer y tener presente los sentimientos de los padres. Muchos hijos no se dan cuenta que detrás de los conflictos por permisos está la preocupación de los padres por su seguridad personal y bienestar, y no un afán de control. Por tanto, es importante que padres e hijos comuniquen lo que sienten y lo que piensan, e un ambiente de afecto y respeto mutuo.